La karishina. Revista de Mujer y Políticas Sociales. Número 5

30 mayo 2017

Julio Lacuerda
Secretario general de FeSP-UGT

Las  recientes  elecciones  que  se  celebraron  en  Francia,  hicieron  que  vislumbráramos los antiguos fantasmas. Recuperamos la calma cuando en la segunda vuelta se despejó la posibilidad de que llegara a la presidencia el partido del frente Nacional. Sin embargo, el peligro que se cierne sobre la vieja Europa sigue siendo extremadamente grave. Basta con escuchar el mensaje que una parte importante del electorado ha manifestado en las urnas, facilitando el  avance de grupos de extrema derecha como Amanecer Dorado  en  Grecia,  el  FPó  en  Suecia.  La  crisis  europea  que  ha  empobrecido  a  las clases medias, constituye la puerta de entrada de un neofascismo que intenta acortar distancias con los partidos democráticos, para lo cual, tal y como afirma el eurodiputado  Français Glyn Ford, se presentan como partidos populistas de  derechas,  con  un  lenguaje  más  amable  que  sustituye    los  términos  racistas  y  xenófobos,  por  conceptos  como  nación,  tradición,  soberanía  o  comunidad, pero que no dejan de esconder políticas de discriminación e intolerancia

Es el caso del Frente Nacional liderado por Marine Le Pen, los votos llegan  principalmente del sector de población más precarizada por la crisis, con la promesa de recuperar “Francia para los franceses”. Una identidad en la que no incluyen aquellos descendientes de inmigrantes, nacidos en el país, que ya constituyen la segunda y tercera generación. A pesar de que Francia ocupa el ranking 17 de la OCDE, la población francesa considera que los inmigrantes suponen un 24% de la población, cuando en realidad solo alcanzaba el 8,5% en 2014 (Insee). El juego  de  percepciones  que  está  siendo  utilizado  por  los  partidos  de  extrema  
derecha  supone  una  amenaza  para  la  cohesión  social,  la  justicia  y  la  libertad,  atentando contra los principios de la democracia.

Una democracia  que Europa fue asentando tras las heridas de las Guerras Mundiales. Recordemos que el fascismo causó estragos en los años treinta y acabó en  la  segunda  Guerra  Mundial.  Sin  embargo  en  la  década  de  los  ochenta,  los  partidos de extrema derecha comenzaron a resurgir de nuevo con el discurso de la invasión migratoria. Y en el nuevo milenio, acaparan el descontento a través de la exacerbación del miedo y el radicalismo. El corta fuegos del discurso del odio, el racismo y la intolerancia, se encuentra en el marco cultural y jurídico que  hemos  consensuado  en  la  Unión  Europea,  en  la  que  contamos  con  leyes  que prohíben la discriminación por raza, nación, sexo, orientación,  capacidad o  cualquier  otra  situación  Tenemos  capacidad  para  construir  una  convivencia  basada en el respeto de la diversidad desde la igualdad de oportunidades. Sin embargo,  para  que  las  palabras  se  conviertan  en  acciones,  es  necesario  que  cada  uno  y  cada  una  de  nosotras,  tanto  en  los  puestos  de  trabajo,  en  nuestro  caso en la administración pública, como en la calle, en nuestro posicionamiento político  o  en  nuestras  relaciones,  nos  posicionemos  del  lado  de  los  derechos  humanos y en contra de la barbarie de la exclusión. La historia vivida en Europea nos ha demostrado que para vencer el fantasma del radicalismo y el odio, es  indispensable  gestionar  desde  los  pilares  de  la  paz,  el  entendimiento  y  los  derechos humanos. En horas de incertidumbre, como las que estamos atravesando  en  la  actualidad,  es  importante  no  bajar  la  guardia.  No  justificar  lo  inaceptable. No dar la espalda al entendimiento, ni ceder ante las presiones de los perjuicios y la intolerancia. Un fantasma recorre Europa. Es tiempo de encontrar soluciones sin exclusiones.